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Razones Teológicas de la Coronación:
Como señala Ramón de la Campa, la Sagrada Liturgia ensalza la realeza de la Madre de Dios con distintos instrumentos: la Salve Regina, que se ha convertido en la antífona mariana por excelencia, así como otros cantos como el Regina caeli y el Ave Regina caelorum; repitiéndose el título de Reina continuamente en las Letanías del Santo Rosario. Igualmente nos encontramos con numerosas fiestas, como la dedicada a la Reina de Todos los Santos, a la Reina de los Apóstoles, Reina de la Paz (...), denominaciones en que se insiste en la Realeza de Nuestra Madre; así como numerosas advocaciones, como la Reina de los Ángeles. Es en el RC de 1981 donde la Iglesia reafirma que Santa María Virgen con razón es tenida e invocada como Reina, ya que es Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico; Colaboradora augusta del Redentor, como nueva Eva; es perfecta discípula de Cristo, haciéndose digna, de modo eminente, de recibir la "corona merecida", "la corona de la vida", la "corona de gloria prometida a los discípulos fieles de Cristo". Además podemos señalar también las siguientes circunstancias que abundan en la naturaleza regia de la Virgen María: 1) el mesianismo regio de Cristo es la piedra angular de la realeza de María; 2) Jesús es el punto culminante de la historia de la Salvación, por su condición de Hijo de Dios; 3) es el Mesías, el "Ungido", pues la unción es el rito esencial de la entronización de un rey. Otras razones que vienen a calificar a María Santísima como Reina de todos, serían que es la perfecta discípula que acompañó a Su Hijo desde el principio hasta el final, otorgándole Cristo por este motivo la corona; se muestra como nuestra Corredentora en la Salvación; y por su misión y santidad, es miembro excelentísimo y eminente de la Iglesia, de la cual es "portio maxima, portio optima, portio praecipua, portio electissima". Todo esto se encuentra directamente relacionado con la dinastía davídica de la Casa de Judá, en donde una mujer ocupaba el puesto más cercano al rey, denominándose guebirah, "señora". Bethsabé es la primera guebirah, pues su hijo Salomón la sentó en un trono a su derecha, lo que significa correinar. Como consecuencia lógica de todo lo expuesto, nos encontramos con que siendo la corona insignia real por excelencia, era compartida por madre e hijo, dato a tener en cuenta en una lectura mariológica de la Mujer Apocalíptica. Además de todo ello, María es la Nueva Eva, la colaboradora y socia del Redentor, la Corredentora. De todo lo que llevamos señalado en esta fundamentación teológica de la coronación canónica se podrían extraer una serie de características propias del reinado que la Virgen María ejerce sobre todos nosotros. Así, nos encontramos con un reinado preeminente, que se materializa a través de un poder real; un reinado inagotable, pues su eficacia intercede tanto con el Hijo, con el Padre, como con el Espíritu Santo; y Su reinado es un reinado de amor y servicio. De esta forma, María interviene decisivamente en el cumplimiento del mesianismo regio de Jesús, puesto que es la guebirah mesiánica. Esta unión indestructible es el culmen de la glorificación: María ve confirmado el poder de Su maternidad sobre la humanidad redimida en Su gloriosa Asunción y Coronación al final de Su carrera mortal. La Realeza de María, por tanto, es el fruto último de la Redención. Además, esta realeza convierte a María en la Omnipotencia suplicante, en palabras del marianista Giovanni Lanzafame. Es madre de la Iglesia, por ser Madre de Jesucristo, cabeza del Cuerpo Místico y Madre del Cristo total.
María es modelo e imagen de la Iglesia, y ahí está el considerarla Arca de
la Nueva Alianza, pues, por la Encarnación, se convierte en portadora de
Yahvé. El Papa Juan Pablo II, el 23 de julio de 1997, nos habló sobre la
Virgen como Reina del universo, indicándonos que el pueblo cristiano, con el
reconocimiento de la dignidad regia de Santa María Virgen, la sitúa por
encima de todas las criaturas existentes, exaltando su papel y su
importancia en la vida de cada persona y del mundo entero. De esta forma,
"el título de Reina no sustituye al de Madre: su realeza sigue siendo un
corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que
le ha sido conferido para llevar a cabo esta misión. (...) Los cristianos
miran con confianza a María Reina, y eso aumenta su abandono filial en
Aquella que es madre en el orden de la gracia". |